Corsé

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En desequilibrios térmicos durante las madrugadas o no mirarme al espejo buscando defectos sino investigando errores de concepto en las huellas que distinguen tristeza y resignación, esperanza de casualidad. Acerca de los días excepcionales (de excepción) que amanecen con esa luz que fabrican los Países Bajos y en lo que me gusta mucho hacer y repetir. Con desbordar energía de cuchara o comprimido sobre este cadáver exquisito cuyas reglas hacen que todo siga por seguir y que me convierten en distintas personas cada mañana (nuevas, olvidadas, más fuertes o desganadas). Niña, mujer o cosa que aprieta el lápiz con pensamientos centrifugados de punto y seguido, imágenes y colores en clara resistencia a la autoridad y horario de la maquinaria de los sueños. Sobre seguir escribiendo cosas que no llevan a ningún sitio en curvas que conducen a mi estómago. De como pequeñas astillas hunden barcos o sobre sacar tormentas del mar. Con mordiscos de manzana verde y velas en forma de interrogación, igualmente del por qué añadir un nuevo signo cada año es imprescindible para formularse a sí mismo un grupo de preguntas nunca antes consideradas y una especial sin respuesta. Girando alrededor de la dignidad, el desconcierto moral y de nociones deliciosamente sencillas y retorcidas como el placer, la vagancia o el amor.

Sacudirme con esto (y otras cosas que no se pueden contar) me pasa especialmente por viajar en bus.

Derribo de un no-lugar

Si las demoliciones comienzan por arriba, es más que probable que conmigo por arriba ya hayan terminado. Que el ángulo agudo de mis hombros con el suelo sea cada vez más pequeño no sería más que consecuencia de la destrucción y la vergüenza de encontrarme prácticamente desnuda viendo caer trozos podridos de ansiedad, inseguridad apolillada y palabras rotas para quemar.

Turbio negocio el de la desilusión.

7

Me pillaré los dedos por cerrar la puerta sin mirar, pero, si eso ocurre, pellizcaré mis mejillas empapadas de lágrimas con la mano que estaba en el pomo. Es vértigo. La angustia al mirar desde la cama al suelo en la oscuridad me convierte en una mediocre adivina con la nariz helada y una almohada llena de rímel como bola de cristal. Pero, si eso ocurre, recordaré los sueños en los que mientras me estrello siempre digo lo mismo: no hay nada que yo pueda hacer. Y sólo entonces sentiré la total tranquilidad de que así es. Pero, si eso ocurre, caeré en zigzag, como sé bajar las escaleras de la Torre Eiffel mientras el frío trama algo por la nuca aprovechando el corte de pelo con París a tus pies.

Me quedaré aquí despierta
haciendo trenzas a mis raíces transplantadas
de tantos viajes tristes
autopistas
eternas
hacia lo correcto.

Breves, continuas e inexplicables

El insomnio da demasiadas explicaciones.

Rodar

Tantas cosas que no están en mi mano. Se acumulan y una en estos casos no sabe cómo apañarse. Cómo sujetarme. Los estruendos me bajan la tensión. Demasiado tiempo con tanta concentración en malabarismos enfermizos que perdí plurales, batallas y ahora del todo, mis puntos de referencia; no puedo ir con la mente ocupada y la vista en el suelo de un lugar conocido a otro lugar conocido, no consigo contar estos pasos menguantes (cada vez necesito de más) en las idas. Regresar, siempre regreso con prisa, guiada por ese instinto de supervivencia al que culpabilizo de no dejarme vivir.

Desde hace una temporada me resisto a ir por la vida así. Le pregunto a los “no”, -”¿por qué no?”-. La experiencia pide perderme por lugares donde yo no me haya podido llevar antes. Pese a ello, tengo hechos mapas de por dónde no volver a pasar que cuando vuelvo a mirar hacen que me pregunte si no es más que posible que todo aquello haya cambiado. Y si no ha cambiado, que yo haya cambiado. Pero el recuerdo del dolor da pereza y la incertidumbre marea más que el champán.

Esperar, dejando muerto el cuerpo, aguardando que algo lo empuje donde quiera como lo pueda hacer el viento cuando sopla más fuerte no parece que se me vaya a dar bien a corto plazo, y darle tiempo a darle tiempo al tiempo ya resulta tragicómico.

Por ahora, sentada en el suelo, con la cabeza agachada por la presencia de todos estos sentimientos y abrazada a mis rodillas, mi única certeza es que sea a donde sea, el primer día de un año que preveo difícil, estoy en la posición idónea para empezar a rodar.

(Espero que vosotros también la encontréis)